La Casa
Las nubes no se han movido desde la última vez que las miré. Hay un aire pesado que transpira desde las paredes de este edificio. El olor es a falta de palabras, moribundo y algo similar quizás al que sientes cuando pasas por un cementerio aún vacío. La vegetación hace años que se pudrió con el resto de este terreno. Cada paso equivale a una mezcla agria de espinas y hojas que no logran volver a la tierra. He visto también alguno que otro esqueleto de animal enterrado entre frutas fermentadas y vegetación seca. Sus costillas han sido resquebrajadas por las raíces de algunos árboles moribundos. Algunos se han fusionado con ellos, dando la impresión de que nunca respiraron.
Una pena.
La fachada de lo que otrora era una casa es de un verde pantanoso. No sabría decir si lo que la compone son tablones de madera o entrañas secas. Tiene un aire feudal moderno, con esa sobriedad concebida para reyes, pero devorada por pobres de recursos. Se impone sobre la tierra moribunda con la altura de un sueño no cumplido y está decorada por lo que otrora se considerarían desvaríos de quien nunca ha trabajado. Marcos de oro provenientes de estrellas difuntas, mármol negro de alta calidad, extraído desde los pulmones de niños sin dientes, y símbolos que en otros tiempos gritaban con orgullo los colores de una tribu que ahora se esconde en el polvo de sus memorias y diversas e inventadas tradiciones de quien nadie recuerda el origen, pero todos dicen ser suyas. El tejado negro y mohoso está roto detrás de la chimenea. Al lado, hay un nido de cuervos carroñeros que se están matando, por lo que supongo que será el último recuerdo que aquí vivía. La memoria está tan ahogada en su pasado glorioso, que apenas nota cuando le son arrancados los ojos y el cerebro. Los cuervos se ríen con sus voces profundas y rasgadas; emiten chillidos que se escuchan desde la ciudad. En segundos, la memoria ya ni siquiera tiene piernas para caminar, pero jura y perjura que antes era mejor, que antes podía correr, que antes podía pensar.
Al dejarse embalar por sus cantos fúnebres de una época donde podía correr, se dejó comer las piernas. Una pena. Podría haber escapado.
Entre los cuervos de ojos vacíos, cuerpos cavernosos y picos desgarrados, uno de ellos me mira con una especie de mueca diabólica. Otro cae muerto a sus pies, quizás el único que aspiraba a ver el mundo desde otra casa, pero ese tipo de comportamiento no es aceptado por estos sitios. Su sangre, que aún era roja, rápidamente es engullida y devorada por los otros cuervos mientras se hacen un festín con el difunto sabio. Solo resta su lengua. Sus palabras alcanzaron a huir un poco al sur. Tardará unos meses en poder ser consumida.
El cuervo sonriente mantiene sus cuencas vacías fijadas en mí. Torciendo su cuello hacia la derecha. Se desnuca, pero la cabeza no cae. Se ríe con la voz de quien murió en silencio para que otro gozara de un capricho, pero…
No hará nada más que mirarme.
Las ventanas ya no están adornadas con los colores de la vida. En su lugar hay cristales rotos, teñidos de sangre caducada y esparcidos por el último desesperado que se dio a la fuga de este sitio. No fue muy lejos. Su corazón está allí, hundido entre los restos de quien fuere el individuo que intentó huir. Continúa latiendo con desespero mientras es consumido por el sótano. No puede escapar; su cuerpo ya no vive. Un tablón más, para mantener esta atrocidad funcionando.
Con un poco de suerte, se deja llevar por la muerte o se olvida de lo que, aquí vino a buscar.
La puerta, está abierta de par en par, casi suelta de las bisagras. No se puede decir que no sea acogedora. Cuando paso el umbral, hay esas mismas escaleras que has visto alguna vez en tus sueños. Aquí, no hay cocina ni salón.
Lo humanamente imperfecto, no habita entre estas paredes.
Al subir los escalones, de un lado y del otro, hay historias de banderas, libros clavados, sobre vidas eternas con sabor a meritocracia y demonios más santos de los que habitan en las cabezas de todos; hay ideas decoradas con observaciones subjetivas que me gritan con abandono que son reales. Y aquí y allí, hay retratos de personas de quienes conozco los andares, pero no sus miedos banales. Las paredes intentan disolver tales futilidades con tiempo y polvo. Unas son más resistentes que otras y emiten un ácido que quema las entrañas del edificio.
La casa se adapta para tenerlas, tomando una forma torcida y extendida justo detrás de las escaleras. Sus sesos oscuros se inflan con el pútrido aliento de la evolución prometida por estos adornos y alimentada por lo que está debajo de mis pies. Escaleras rotas, inestables y perpetuamente en agonía, compuestas de las caras de los que llevaron el mundo sobre sus espaldas, pero nunca gritaron. A cada paso, las almas se entierran aún más en las entrañas mórbidas de esta casa. Es lo único que este nefasto sitio logra digerir con una facilidad abismal. Las devora, les saca la cara y el nombre, les borra los labios y los ojos. Me pareció reconocer a una, pero ya no existe. Estaba debajo de mi pie izquierdo y fue devorada más rápidamente. Me parece que era de esas tierras ricas donde las gentes son violadas para que uno pueda comprar felicidad encapsulada en forma de rectángulos negros.
Que descanse. Por una vez en su vida.
Al llegar al primer piso, ninguna de las puertas se abrirá.
Escucho gritos ahogados de niños detrás de la que tiene símbolos de divisas y religiones perforando la madera negra. En la ciudad, todos saben que esta puerta está aquí, pero me fue dicho que sería demasiado difícil de abrir. Decían algo sobre efectos colaterales, tradiciones, y me acuerdo de que uno me dijo “Es una pena, pero el mundo es así, qué se le va a hacer”. Imagine que la puerta tendría 5 cerraduras, soldados vigilándola o quizás una raíz espinosa natural que la mantuviera cerrada. Solo encontré un pomo mal cerrado y un viejo de esmoquin negro y zapatos brillando con una sonrisa muerta, con dientes podridos de azúcar. Sus ojos, inyectados con años de alienación humana y olvido forzado, se cierran en una mueca burlesca. Entre sus labios podridos y decorados con los restos de una infancia devorada, me sisea. Los gritos continúan. Él sabe que no importa si lo digo o no, nadie me creerá o nadie querrá hacer nada.
En otra puerta se escuchan gemidos mezclados con sollozos y gritos que se pierden en espejismos internos. Es una puerta en forma de espejo. Al pasar por ella, hay una contradicción de señales. De lo que es bonito y no. De lo que es operable y lo que no. Lo que es aceptable y lo que no. De lo que necesito tener y lo que debo tener. Mi reflejo profiere una avalancha de críticas desesperadas que no sabía que tenía, adornadas de soluciones de rostros perfectos y cuerpos de gran deleite con casas decoradas de plástico perecible que no había visto fuera del espejo. Hay un olor a ácido que me llega a las narinas y unas pastillas empiezan a salir por debajo del espejo con colores rosas y azules atractivos. Pastillas para la felicidad y sus respectivos envoltorios materialistas. En el momento que me voy, mi reflejo cambia de forma otra vez, gritando desde el espejo que es perfecta. Que grite, a nadie le importará si no es impactante. Demasiados sabores de perfección. No abriré esta puerta, sino que ella me arrastrará donde los otros están arrancándose la piel para venderla por otra.
Cerca de las otras escaleras hechas de gentes que crearon imperios de los cuales no vieron el fruto, hay una última. Pintura de guerra perdida, discursos odiosos con esperanzas para los que sueñan con el ayer y olor a pólvora mojada por la saliva de los puercos que comen dentro de ella con abandono. Veo dedos intentando escapar, de gentes de todos los sitios y andares, pero rápidamente son devorados por las ideas y sus perpetuadores. No tiene pomo. No me demoraré mucho en esta. El discurso que empezaba a sonar ya estaba emulando la voz de mis padres y los supuestos andares de los míos usando un odio que se me hizo artificialmente familiar. Ese tono nunca habitó en la voz de mis padres.
Al subir al segundo piso, mientras escuchaba los delirios de aquellos que pisaban las caras de otros para acabar en el último escalón, el cuervo apareció delante de mí. Con ojos rojos, pero plumas relucientes y un pico restaurado. No se reía. No ahora. Todo estaba demasiado claro.
En el segundo piso, vi unos cuantos, engullendo monedas y personas, acompañados de máquinas que sorbían las entrañas de la tierra. Podía ver más cosas, como llegar aquí, como mantenerme aquí, como transformar la casa con la pedantería de un dios que necesita que lo alaben para olvidarse del demonio que se esconde en sí mismo.
Mis piernas se doblaron como si alguien me hubiera roto los huesos con un martillo mientras mi mente se nublaba hasta dejarme ciega. Una culpa abismal invadió mis entrañas. Escuché los gritos de los olvidados, de los odiados, de los justos e injustos, de los que corrían por sus vidas o por su dinero; sentí en mi corazón el desespero del que tiene y el que no; en mis piernas sentí las garras de la depravación y en mi útero la penitencia por empezar de un ser inocente. Mi cuerpo se cortó con formas que no eran las mías y se vistió de banderas que no me dejaban respirar sin cantar sus infernales himnos. De las comisuras de mis labios brotaron litros de sangre y lágrimas mientras aquel lugar infernal me hacía consumir lo que buscaba aniquilar mi alma. Sentí mis costillas ceder a la presión y mi alma se escondió en el más profundo de los avernos de mi mente. Se refugió entre mis demonios que se interpusieron entre los arrebatos coléricos y ella.
Sollozo.
Mis demonios suspiraron. Nadie se reía.
Al abrir los ojos otra vez, vi a mi amada tierra ponerme los huesos otra vez en su sitio con la calidez de quien muere por el otro. Violentada y explotada, me susurró con ojos llorosos y sonrisa ausente que la moral y la naturaleza no iban de la mano.
En mi coma autoinducido, vi guerras, lágrimas, la muerte, la vida, la felicidad encubierta y la tristeza ahogada. Vi a mi especie y a mí misma en esa casa lúgubre que ahora ocupaba la tierra. Una pirámide impersonal que nos englobaba a todos.
No hay bien ni mal. No hay lo inexcusable y lo excusable. No hay límites.
Somos libres.
Al mirar al cielo, con mis brazos cortados por mis demonios para devolverme a la vida, sentí una paz silenciosa. El cuervo me miró desde el suelo; sus plumas ya se estaban cayendo. No tardaría nada en que me volviera a dar cuenta de que lo grotesco de esta casa vivía en mí.
El horror de la conciencia es lo que mantiene la casa en pie, humanidad.
